“He vivido con el alcohol durante veranos enteros, en Neauphle. La gente venía los fines de semana. Durante la semana estaba sola en la gran casa y allí el alcohol adquirió todo su sentido”. Esto lo escribió Margarita Duras en su libro de prosa “La Vida Material”, pero este extracto no significa una realidad en su vida, ya que en el prólogo advierte: “El libro representa, todo lo más, aquello que yo pienso algunas veces y algunos días de ciertas cosas”.
Dice “pienso” por lo que debemos deducir que lo escrito no representa su realidad, sino que habla de lo que pueden vivir otras personas. Luego continua:… “El alcohol es la calle, el asilo, los otros alcohólicos … Nada consuela de dejar de beber, desde que no bebo tengo simpatía por la alcohólica que era … Vivir con el alcohol es vivir con la muerte al alcance de la mano, es la idea que una vez muerto no se beberá más”.
¿Cuántas veces ebrias no hemos exclamado “Nunca Más”? Sin embargo, recobrada las fuerzas y pasado el tiempo, caemos en lo mismo, diciendo lo mismo. Si Margarite Duras, Fue o No Fue alcohólica, no interesa, lo importante es que nos transmitió, como si fuera un relato oral, sus profundas y acertadas meditaciones.
¿Qué sucede entre nosotras y el alcohol?. Atrapa, indudablemente, nos atrapa, seduce, encandila. Nos permite desinhibirnos, dejar los tabúes al fondo de la botella vacía. Nos hace decir verdades, palabras que no sentimos, pero están ahí almacenadas. Nos hace llorar, desahogarnos, quitarnos la vida entera por un momento. El alcohol entrega después de cada sorbo un estado místico, nos adentra lentamente a una extraña y elevada espiritualidad. Conduce a una meditación profunda, a un mirarse detenidamente. Es el vehículo que llega más cerca del misterio.
Emborracharse es ser individualista y procurarse un goce, un disfrute personal, sin que importe el mundo, que está a nuestro lado y todo el mundo inserto, disperso y fuera de todo el mundo. Emborracharse es ser libre, decir palabras, hacer cosas que carecen de sentido, porque toda la vida nos la pasamos haciendo cosas que tengan sentido.
No existe consuelo, ciencia, arte ni magia que puedan reemplazar el embrujo que produce el alcohol cuando aún se está en la etapa del goce. Emborracharse es tener un amante, aún sabiendo que al final nos doleremos, pero poco importa el dolor después de tocar el cielo.
Las que beben entienden el peso de las horas, el hastío, la felicidad, ese desmembramiento de memoria y cuerpo. Valoran los sueños, todos los días quieren cambiar después de la última copa. Que Margarite Duras sea alcohólica, no importa, que yo beba no interesa, si después de una copa vacía existe una página llena.